viernes, 6 de abril de 2012

Ella y Él (Jarabe amargo)

Ella cruza la línea que los divide. Él divide la línea en dos y continúa...Ambos miran su destino desde una esquina del camino, que en el algún fragmento del tiempo los acogió a los dos.

Parece ser una tarde extremadamente calurosa. Ambos están tan distantes de su futuro y tan lejos de sus emociones. Comparten monosílabos entre sí. Intercambian jaja y sonrisas esquivas que los atraen y los repelen. Su conversación de cinco minutos se hace intensa y con la despedida pierde intensidad. Ambos parecen haber compartido mucho y alejarse más de sus pensamientos.

Ella parece satisfecha. Ha dejado que él controle su adicción. Hace una semana su promesa de olvidarlo parecía fuerte. Rígida. Hoy, luego de despedirse, parece niebla entre sus manos. Necesitaba de una frase suya para volver a vivir. Para sonreírse a sí misma.

Desconoce si acaso él disfrutó la conversación que tuvieron. Pero al menos parece compartir las bromas y los juegos ocultos entre líneas. "Es un avance...", se repite mentalmente. Hace unos meses sólo eran sí y no, sus pensamientos espontáneos. Hoy al menos, juega con sus bromas, responde las preguntas y se ríe de sus chistes. "Es un avance...", es lo que ella quiere creer y su corazón, indudablemente, lo acepta como verdad.

Se queda tan tranquila cuando él le cuenta espontáneamente sus alegrías y tristezas. Y cuando no... siente que la sella en una caja de "Privado". Pocas veces es tan expresivo, que ella casi las pueden contar con sus dedos. La principal muestra de su interés en ella son las muecas en su rostro, las que ella escasamente puede descifrar. Pero aun sin descifrarlas, vive feliz con esa fantasía de tenerlo cerca, sin tenerlo.

Hoy, ella ha roto la promesa de alejarse de su lado. Hoy, él ha cambiado el matiz de la conversación. Hoy parecen haber cruzado la línea que divide su pasado. Han intercambiado papeles de la misma escena sin final feliz.

Por mucho que ellos traten de estar separados, ella quemará sus compromisos, para volver con él. Mientras tanto... Él seguirá caminando distraído, haciendo muecas sin querer. Ella observará sus pasos repentinos, sus muecas desgraciadas, sus monólogos intrusos y sus saludos instantáneos. Él hará como si no la viera, aunque desde lejos la puede ver. Ella será un fantasma que disfruta de su presencia. Él obviará al fantasma y la hará sufrir.

Con todo, aquel sufrimiento es el jarabe más dulce que ella podrá probar, hasta que llegue el momento en que lo tenga que dejar por uno que no amargue tanto.

domingo, 25 de marzo de 2012

La muerte es ganancia


La muerte tocó tres veces a la puerta de mi familia. La primera fue inesperada y repentina. Nadie sabia que la habíamos invitado y aún sin invitarla se sentó a la mesa y durmió cerca del alma que entre sus manos desapareció en un domingo de resurrección.

La segunda vez, sentimos su presencia por semanas en los pasillos semioscuros desde donde sólo se respiraba enfermedad. Ella estaba en los pasos de médicos insensibles que nos miraban de reojo y que nos cerraban la puerta. Ella era la ignorancia de despedirnos por días seguidos y no verla partir a esa mujer que siempre llevaba argollas y aretes que hoy son mi única herencia junto a la foto que conservo de sus buenos años mozos.

Durante semanas la vimos llorar amargamente en su agonía. Tocamos sus manos frías y ella nos recibía con angustia por saber que sería la última vez. En sus últimos días añorábamos tener un último día de la madre para ella, pero ella nos abandonó antes de poderle cantar una ranchera. Antes de llevarle regalos y flores, ella nos dijo adiós y sólo la vimos partir.

Ahora. Ésta es quizá la tercera, pero no la última vez que ese fantasma moribundo al que todos visten de negro vendrá por uno de nosotros. Mamá vive todo el tiempo pensando que cada año será su turno y entre buenas y malas noticias la vemos alejar a ese frío destino al que inevitablemente todos tenemos que llegar. “La muerte es ganancia…” y por qué todos lloran, por qué todos quieren revivir a personas que ya se han muerto, por qué no intentar por un momento creer que el futuro es incierto y que morir es parte de ese futuro.

No le tengo miedo a morir, pero si al dolor que se siente al ver morir a quienes quiero. Ésta vez la muerte tocó dos veces a la puerta de la casa de una misma familia tan cercana a mí y evadió la mía para decirle a mamá que aún no es su turno. Aquella persona a la que le llegó la invitación para descansar en paz, sufre la agonía de ver el sufrimiento de todos quienes la rodean en ese lúgubre hospital.

Hijos, nietos, sobrinos y algunos bisnietos la visitarán para darle ánimo y fortaleza, mientras impaciente la muerte aguarda su puerta para llevarse lo único que le resta. Lloraran todos, sonreirán algunos disfrazando su dolor, contarán anécdotas de lo buena que fue y nadie acaso mencionara alguna situación en la que ella se comportó fuera de lugar. Todos sentirán que “mártir” es la palabra que mejor encaja en su curriculum, mientras yo la recordaré como la mujer que me regaló mensajes positivos para vivir, y que me enseñó que el tener una prodigiosa memoria está en leer, algo que yo amo desde que nací.

Por muy poco que la conocí, todavía sentiré en el fondo el dolor de no haber viajado con ella a Puno y me deberá ese viaje hasta el día en que me muera. Pero el dolor más profundo, lo siento desde ahora, que aún sin haberme despedido de ella, veo cómo se despide una fracción de luz en los ojos de quien la considera su segunda madre y quien ya perdió a su primera.

Esa luz se apaga en sus ojos como si se quedara sin un hálito de alegría. Y la tristeza que trasluce en su mirada es la misma gris agonía con la que nos miraba desde esa cama del hospital mientras le engañábamos y él soñaba con ver a su primera madre viva. Hoy escribo esas confesiones sinceras grabadas en mi memoria, confesiones que él no leerá, pero que su segunda y su primera madre leen conmigo desde otra dimensión, acompañando a mis dedos teclear sin parar estas líneas moribundas.

Cada día pienso en el dolor de despedirme de mi madre, pero la muerte no ha tocado a su puerta y ha decidido llamar a otra. Hoy pensaba que la muerte era fortuita y severa, y más bien creo que hemos ganado una batalla contra ella, pero hemos perdido otra contra el tiempo. Porque mientras más pasan los años sobre el cuerpo, más pesa la vida sobre la espalda y la muerte cansada de esperar en la sala del hospital decide buscar almas errantes en los pasadizos o en las camas.

Hoy pienso que mañana podría ser el último día de mi vida, pero sé que ese día será el primero. “Porque la muerte es ganancia…” y creo en eso. Mientras tanto, las palabras de aliento escasean en mis labios, y solo siento en mí el terrible peso de no tener que decir algo. Sólo escucho en silencio cómo se asoman sus pasos y el eco de sus susurros, se acerca y se aleja de nosotros, que quizá corremos o escapamos de ella, pero eso quizá tampoco sea por mucho tiempo.

viernes, 17 de febrero de 2012

La pasajera de al lado


La ansiedad de su mente extraviada en pensamientos eran para mí inútiles frases sueltas en soliloquios. Se balanceaba sin control en su lado del asiento meciéndome como una cuna. Me aturdía su mirada penetrando mi bolso, hurgando sin querer o queriendo indirectamente conocer los secretos de mis bolsillos. Todo ella era un enredo de vacío, soledad y autodefensa.

No sé definir con exactitud su estado de discapacidad. Es difícil no referirnos a esos seres tan diferentes y a la vez tan similares a nosotros sin caer en la incapacidad de juzgarlos o aislarlos de nosotros.

Ella era especial, era diferente. Sus dedos estaban cansados de ser masticados con voracidad por sus perfectos dientes blancos. Cuando se hartaba de ser observada por los acompañantes en ese estrecho bus con 20 asientos, empezaba con el ate y desate de su trenza ajustada.

La miraba de reojo, para no asustarla o quizá para no asustarme; pero era inevitable no fijarse en ella. Traté de olvidarme un segundo de la pequeña de cutículas destrozadas y saqué mi celular y los audífonos. De inmediatos sus ojos como una niña descubriendo un juguete se acercaron a mí. Otra vez me aturdía su mirada.

Conecté los audífonos al equipo y me los puse al oído. Ella casi imitándome sacó un aparato de su pequeño bolso jean. Era uno de esos radios con pilas que hace mucho no se usan. Intentó prenderlo y al no obtener resultados lo volvió a ocultar en su bolso. Mientras olvidaba la tecnología, iniciaba nuevamente las mordisqueadas a sus dedos.

El bus empezaba a llenarse y casi no había espacio para respirar. Ella casi no respiraba, y muchos parecían quitarle la respiración con sus miradas. Cada uno de los pasajeros observaba su celular cada cinco segundos y ella dejaba sus uñas en ese lapso para fijar su mirada en ellos desde cerca, casi invadiendo el espacio propio y contrariando las leyes de proximidad.

Su evidente curiosidad molestaba a los viajeros, pero también causaba eso que todos sienten cuando ven a alguien enfermo: "pena", "lástima" o cualquier otro sentimiento parecido que sólo es indiferencia para quien es el foco receptor.

Qué bueno es no sentir lástima, al menos yo no la sentía, yo sentía miedo de su mirada y por eso la evitaba durante el viaje, aunque era inevitable sentirla a mi costado balanceando nuestro asiento como si el bus pasara por baches cada cinco segundos.

Estaba cansada de no poder leer, de no poder oír y de no poder observarla. Me hubiese gustado escribir de ella como un recuerdo anormal de algún pasajero extraño de los que encuentras en el bus. Pero ella es la síntesis del mundo al que aspiramos ingresar y al que no podemos tener acceso. Del que tenemos lástima y nos distanciamos para no "perjudicarlos" o en el caso más ignorante llegar a "contagiarnos" de su enfermedad.

Por un segundo me hubiese gustado aislarme del mundo como estoy segura que ella lo hace y tener ese grado de sorpresa y curiosidad que casi he perdido. Mientras sigo de largo el viaje, ella sigue sentada a mi costado, al menos hasta llegar a casa.

De repente se pone de pie y atrae las miradas nuevamente. Ha dejado sus dedos en paz sólo para cogerse de un tubo en la parte superior. Mira por las ventanas y mientras cree haber llegado a casa, pregunta sólo para confirmar si es su paradero obteniendo una respuesta negativa. Ahora se ha quedado sin asiento y ella mira casi con tristeza el no poder balancearse, pero ya no puede regresar a su sitio y tampoco puede morderse las uñas.

Mientras está de pie y yo desciendo del bus hacia mi casa siento una inexplicable y extraña ansiedad por entender lo que sus frases y soliloquios repiten en voz baja. Qué curioso, hoy yo también estoy haciendo soliloquios en mi mente. Yo sabía que en el fondo no éramos tan diferentes.

jueves, 2 de febrero de 2012

Vestigios compartidos.



Una y otra vez escucho las canciones que sonaban con sentido

Cuando las teníamos que escuchar juntos…

Discos compactos que tarareábamos enteros

Hoy son sonidos que sólo mecen la soledad.

Si hoy preguntas cuál es el motivo de mi reclamo,

Lo más sencillo sería decir que las cosas han cambiado

Y que no suelen volver a ser las mismas de ayer…

Pero no, la historia y la trama de este cuento en suspenso

No van por allí.

El camino es incierto

¿Continuaremos mirándonos como extraños?

Mañana cambiaré el disco que grabamos

Voltearé la página

Y todo será igual a antes

Pero esta vez el pasado

No tendrá ningún vestigio de ti.

martes, 24 de enero de 2012

Susurros de una sombra


La noche en la que su melódica voz sonaba en mis oídos como campanadas estrepitosas, yo estaba reconciliándome con Morfeo y tomando el brebaje de los sueños eternos. Aquella oscuridad vacía de mi alma, no soportaba más el no poder dormir cerca a la ventana, escuchando los acordes de una canción y se entregaba totalmente a las ilusiones.

Su voz grababa la sinfonía de mi vida. Mientras el miedo de oírla con claridad carcomía mis entrañas. No quería despertar a la realidad de mi futuro. Quería dormir en esa oscuridad a la que ya estaba tan acostumbrada.

Murmurabas compases que no sabía definir. Eras el enigmático encanto de un músico que no entiende de frases abstractas o de la verdad. No quería escucharte aquella vacía noche de 31° de calor. No quise repetir las erróneas historias que contabas sobre mí a mi oído.

De repente tu voz se fue acallando a lo lejos. Ya no revelabas mis secretos al oído de mi corazón. Cambiaste tu sinfonía por un cuento. Y traspasaste el cerrojo de mi interior. Vaciaste de mi vida la tinta que grababa mis recuerdos en papeles temporales, ahora no me queda más nada para vivir. Mientras camino agotada por despertar por tu culpa y sin ti, un álito de paz suspira cerca de mi cabello. Estoy de regreso en mi alcoba. Y ahora puedo decir que estoy despierta de verdad.

jueves, 12 de enero de 2012

Vals de recuerdos


Soñé que bailábamos. Que me cantabas una canción al oído como cuando éramos niños. Que eras solo tú en medio de ese vals tan ambiguo y nostálgico. Y yo sólo sonreía con lágrimas en los ojos declamando por última vez ese triste adiós.

1, 2, 3... estamos detenidos en mitad del salón. No nos sirvieron los ensayos para darnos cuenta que bailamos tan mal, o simplemente no queremos darnos cuenta que hoy no es un buen día para bailar.

Esta no es la canción de amor que escuchaba a principios de los 90. Es la despedida de cuentos e historias descifradas en medianoche, conversando en enigmas divertidos hasta el amanecer.

¿Volverás algún día a compartir conmigo tus secretos? Es la interrogante que palpita en mi cerebro, mientras el slide de nuestras vidas resume un final que nunca quise escribir.

¿Acaso era tan difícil enamorarse de la persona correcta? La poca precisión de la vida y el mundo más pequeño que una caja te atrajo hacia una mujer que nunca debías conocer. Ella.

Cambiar el futuro, te costará toda la vida. Recapitular nuestra vida, me costará todo este vals.

No estoy aquí planeando destruir la alegría efímera de tus ojos. Sólo vengo con un último beso de buenas noches.

"Me da miedo lo que veo en tu mirada", repites. Yo me repito a mí misma, que te debo dejar de mirar.

"Ojala nunca sufras por esta mala decisión", susurro entre pasos de baile cruzados. 1,2,3... deja de sonar contra el piso del salón. Sueltas mi mano y así termina el vals entre tú y yo.

lunes, 21 de noviembre de 2011

Recapitulando el pasado


Soy un imán que atrae problemas. Mientras conversaba con quien se convirtió en mi asesor poético, empecé a hilvanar todas las historias que me han tocado vivir. Amores frustrados que se agendan en mi diario, ese que nunca escribo por las noches o que escondo en la almohada. Para como soy es preferible escribir los cuentos en un blog del que difícilmente me canso y en el que todos los secretos se convierten en historias de ficción.

En un breve recuento de mis historias tipo "amorosas" debo confesar que en casi todas he terminado mal parada. Sanar esas heridas ha sido más difícil en cada una de las diferentes experiencias, pero jamás me he muerto de amor o bueno de enamoramiento.

Mis antiguos, pero no extintos amigos criticaban mi frialdad y crudeza para analizar las situaciones y expresiones de amor. "Realmente, todavía no te enamoras, pero cuando pase... ahí te quiero ver", es la frase que más resuena en mi mente desde aquellas conversaciones.

No estoy segura de haber encontrado el amor a la vuelta de mi esquina, ni de haberme topado con un muchacho que copara ese vacío que sólo se llena con el amor que todo lo sufre, todo lo espera, todo lo soporta...

No existe alguien que ocupe un lugar que yo no desocupo. Este departamento está temporalmente en construcción y mientras tanto... me he ilusionado 20 mil veces, eso nadie puede negarlo. Pero amar, a ciencia cierta y con toda convicción, no me ha ocurrido.

Sin embargo, en casi todas esas experiencias que me ha tocado vivir, un tercera persona siempre aparece en la escena en la que dos son los personajes principales. Con frecuencia alguien roba el protagonismo.

Hoy mientras conversaba sobre esos temas que son parte de mis posts sentí palpitar mi corazón de nuevo, estaba vivo. Cada día es una nueva experiencia que abre mis ojos al mundo y todas esas malas rachas amorosas o ilusorias han servido para acuñar sabiduría en mi curriculo.

Mañana amaneceré con más historias que contar, pero hoy... hoy he aprendido que caminar sin mirar con odio a todos los personajes de mi vida es parte de crecer, de madurar. Y eso es algo que llena el vacío que todavía no es ocupado en mi corazón.