viernes, 6 de abril de 2012
Ella y Él (Jarabe amargo)
domingo, 25 de marzo de 2012
La muerte es ganancia

La muerte tocó tres veces a la puerta de mi familia. La primera fue inesperada y repentina. Nadie sabia que la habíamos invitado y aún sin invitarla se sentó a la mesa y durmió cerca del alma que entre sus manos desapareció en un domingo de resurrección.
La segunda vez, sentimos su presencia por semanas en los pasillos semioscuros desde donde sólo se respiraba enfermedad. Ella estaba en los pasos de médicos insensibles que nos miraban de reojo y que nos cerraban la puerta. Ella era la ignorancia de despedirnos por días seguidos y no verla partir a esa mujer que siempre llevaba argollas y aretes que hoy son mi única herencia junto a la foto que conservo de sus buenos años mozos.
Durante semanas la vimos llorar amargamente en su agonía. Tocamos sus manos frías y ella nos recibía con angustia por saber que sería la última vez. En sus últimos días añorábamos tener un último día de la madre para ella, pero ella nos abandonó antes de poderle cantar una ranchera. Antes de llevarle regalos y flores, ella nos dijo adiós y sólo la vimos partir.
Ahora. Ésta es quizá la tercera, pero no la última vez que ese fantasma moribundo al que todos visten de negro vendrá por uno de nosotros. Mamá vive todo el tiempo pensando que cada año será su turno y entre buenas y malas noticias la vemos alejar a ese frío destino al que inevitablemente todos tenemos que llegar. “La muerte es ganancia…” y por qué todos lloran, por qué todos quieren revivir a personas que ya se han muerto, por qué no intentar por un momento creer que el futuro es incierto y que morir es parte de ese futuro.
No le tengo miedo a morir, pero si al dolor que se siente al ver morir a quienes quiero. Ésta vez la muerte tocó dos veces a la puerta de la casa de una misma familia tan cercana a mí y evadió la mía para decirle a mamá que aún no es su turno. Aquella persona a la que le llegó la invitación para descansar en paz, sufre la agonía de ver el sufrimiento de todos quienes la rodean en ese lúgubre hospital.
Hijos, nietos, sobrinos y algunos bisnietos la visitarán para darle ánimo y fortaleza, mientras impaciente la muerte aguarda su puerta para llevarse lo único que le resta. Lloraran todos, sonreirán algunos disfrazando su dolor, contarán anécdotas de lo buena que fue y nadie acaso mencionara alguna situación en la que ella se comportó fuera de lugar. Todos sentirán que “mártir” es la palabra que mejor encaja en su curriculum, mientras yo la recordaré como la mujer que me regaló mensajes positivos para vivir, y que me enseñó que el tener una prodigiosa memoria está en leer, algo que yo amo desde que nací.
Por muy poco que la conocí, todavía sentiré en el fondo el dolor de no haber viajado con ella a Puno y me deberá ese viaje hasta el día en que me muera. Pero el dolor más profundo, lo siento desde ahora, que aún sin haberme despedido de ella, veo cómo se despide una fracción de luz en los ojos de quien la considera su segunda madre y quien ya perdió a su primera.
Esa luz se apaga en sus ojos como si se quedara sin un hálito de alegría. Y la tristeza que trasluce en su mirada es la misma gris agonía con la que nos miraba desde esa cama del hospital mientras le engañábamos y él soñaba con ver a su primera madre viva. Hoy escribo esas confesiones sinceras grabadas en mi memoria, confesiones que él no leerá, pero que su segunda y su primera madre leen conmigo desde otra dimensión, acompañando a mis dedos teclear sin parar estas líneas moribundas.
Cada día pienso en el dolor de despedirme de mi madre, pero la muerte no ha tocado a su puerta y ha decidido llamar a otra. Hoy pensaba que la muerte era fortuita y severa, y más bien creo que hemos ganado una batalla contra ella, pero hemos perdido otra contra el tiempo. Porque mientras más pasan los años sobre el cuerpo, más pesa la vida sobre la espalda y la muerte cansada de esperar en la sala del hospital decide buscar almas errantes en los pasadizos o en las camas.
Hoy pienso que mañana podría ser el último día de mi vida, pero sé que ese día será el primero. “Porque la muerte es ganancia…” y creo en eso. Mientras tanto, las palabras de aliento escasean en mis labios, y solo siento en mí el terrible peso de no tener que decir algo. Sólo escucho en silencio cómo se asoman sus pasos y el eco de sus susurros, se acerca y se aleja de nosotros, que quizá corremos o escapamos de ella, pero eso quizá tampoco sea por mucho tiempo.
viernes, 17 de febrero de 2012
La pasajera de al lado

jueves, 2 de febrero de 2012
Vestigios compartidos.

Una y otra vez escucho las canciones que sonaban con sentido
Cuando las teníamos que escuchar juntos…
Discos compactos que tarareábamos enteros
Hoy son sonidos que sólo mecen la soledad.
Si hoy preguntas cuál es el motivo de mi reclamo,
Lo más sencillo sería decir que las cosas han cambiado
Y que no suelen volver a ser las mismas de ayer…
Pero no, la historia y la trama de este cuento en suspenso
No van por allí.
El camino es incierto
¿Continuaremos mirándonos como extraños?
Mañana cambiaré el disco que grabamos
Voltearé la página
Y todo será igual a antes
Pero esta vez el pasado
No tendrá ningún vestigio de ti.
martes, 24 de enero de 2012
Susurros de una sombra

jueves, 12 de enero de 2012
Vals de recuerdos

lunes, 21 de noviembre de 2011
Recapitulando el pasado
