
La ansiedad de su mente extraviada en pensamientos eran para mí inútiles frases sueltas en soliloquios. Se balanceaba sin control en su lado del asiento meciéndome como una cuna. Me aturdía su mirada penetrando mi bolso, hurgando sin querer o queriendo indirectamente conocer los secretos de mis bolsillos. Todo ella era un enredo de vacío, soledad y autodefensa.
No sé definir con exactitud su estado de discapacidad. Es difícil no referirnos a esos seres tan diferentes y a la vez tan similares a nosotros sin caer en la incapacidad de juzgarlos o aislarlos de nosotros.
Ella era especial, era diferente. Sus dedos estaban cansados de ser masticados con voracidad por sus perfectos dientes blancos. Cuando se hartaba de ser observada por los acompañantes en ese estrecho bus con 20 asientos, empezaba con el ate y desate de su trenza ajustada.
La miraba de reojo, para no asustarla o quizá para no asustarme; pero era inevitable no fijarse en ella. Traté de olvidarme un segundo de la pequeña de cutículas destrozadas y saqué mi celular y los audífonos. De inmediatos sus ojos como una niña descubriendo un juguete se acercaron a mí. Otra vez me aturdía su mirada.
Conecté los audífonos al equipo y me los puse al oído. Ella casi imitándome sacó un aparato de su pequeño bolso jean. Era uno de esos radios con pilas que hace mucho no se usan. Intentó prenderlo y al no obtener resultados lo volvió a ocultar en su bolso. Mientras olvidaba la tecnología, iniciaba nuevamente las mordisqueadas a sus dedos.
El bus empezaba a llenarse y casi no había espacio para respirar. Ella casi no respiraba, y muchos parecían quitarle la respiración con sus miradas. Cada uno de los pasajeros observaba su celular cada cinco segundos y ella dejaba sus uñas en ese lapso para fijar su mirada en ellos desde cerca, casi invadiendo el espacio propio y contrariando las leyes de proximidad.
Su evidente curiosidad molestaba a los viajeros, pero también causaba eso que todos sienten cuando ven a alguien enfermo: "pena", "lástima" o cualquier otro sentimiento parecido que sólo es indiferencia para quien es el foco receptor.
Qué bueno es no sentir lástima, al menos yo no la sentía, yo sentía miedo de su mirada y por eso la evitaba durante el viaje, aunque era inevitable sentirla a mi costado balanceando nuestro asiento como si el bus pasara por baches cada cinco segundos.
Estaba cansada de no poder leer, de no poder oír y de no poder observarla. Me hubiese gustado escribir de ella como un recuerdo anormal de algún pasajero extraño de los que encuentras en el bus. Pero ella es la síntesis del mundo al que aspiramos ingresar y al que no podemos tener acceso. Del que tenemos lástima y nos distanciamos para no "perjudicarlos" o en el caso más ignorante llegar a "contagiarnos" de su enfermedad.
Por un segundo me hubiese gustado aislarme del mundo como estoy segura que ella lo hace y tener ese grado de sorpresa y curiosidad que casi he perdido. Mientras sigo de largo el viaje, ella sigue sentada a mi costado, al menos hasta llegar a casa.
De repente se pone de pie y atrae las miradas nuevamente. Ha dejado sus dedos en paz sólo para cogerse de un tubo en la parte superior. Mira por las ventanas y mientras cree haber llegado a casa, pregunta sólo para confirmar si es su paradero obteniendo una respuesta negativa. Ahora se ha quedado sin asiento y ella mira casi con tristeza el no poder balancearse, pero ya no puede regresar a su sitio y tampoco puede morderse las uñas.
Mientras está de pie y yo desciendo del bus hacia mi casa siento una inexplicable y extraña ansiedad por entender lo que sus frases y soliloquios repiten en voz baja. Qué curioso, hoy yo también estoy haciendo soliloquios en mi mente. Yo sabía que en el fondo no éramos tan diferentes.
0 Tú qué opinas...:
Publicar un comentario en la entrada
Di lo que piensas...